El despertador sonó temprano aquella mañana. Demasiado temprano. Apenas una despedida somnoliento y saber que no la vería en muchos días y dolido de no poder acompañarla al aeropuerto y despedirme de ella.
El camino de ida al trabajo frío y solitario. Los ojos cerrados, rememorando momentos de estos últimos cuatro días y su sonrisa. Pero también una cara triste y preocupada. Los besos robados, las caricias y abrazos. El tiempo que vuela y la cabeza llena de deseos que quieres realizar y las obligaciones sociales y el tiempo que vuela.
El domingo a medio día dormí sobre su regazo y todas las noches abrazados. Ahora de vuelta a la soledad y a querer volver a verla.
El día avanza y sé que todavía está aquí, en Madrid, pero no la puedo ver, no me podré despedir de ella ni acompañarla. A las horas les ha dado por despacio y no puedo pensar debido al cansancio de levantarme tan temprano. Esta mañana una parte de mi se quedó en esa cama, con esa chica. Una parte de mi fue zombi al trabajo y la otra se quedó. Se quedó en la cama, con esa morena de ojos marrones oscuro y pijama rosa. Se quedo en los labios del último beso que la daré en un tiempo, hasta que vuelva a verla. Y la veré.
Por eso no estaré triste ni melancólico mucho tiempo. Solo hoy, solo por hoy me permitiré el hastío y la melancolía.
Hoy, aunque brille el sol yo veré un cielo encapotado, pero mañana, mañana por más que llueva, truene, o nieve, yo veré un cielo despejado y un sol abrasador. Porque sé que la volveré a ver. Por qué se que hablaré con ella cada día.
Por eso, hoy melancólico y mañana, mañana ansioso por verla de nuevo
martes, 27 de febrero de 2018
Despedida
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