Entró en la terraza del restaurante little italy y Caminó entre las mesas hasta una que había en una esquina y se sentó sólo.
Tres años cambiando constantemente de sitio. No llevaba lo que se podía definir como vida sedentaria precisamente. No desde que hubo estado durante diez años atrapado y viviendo en Agnials. Ahora, los ruidos de la ciudad y la tecnología le agobiaban. Las prisas de las grandes ciudades como Roma, París, Nueva York, Londres o Madrid le agobiaban. La gente corriendo a todas partes como si llegara tarde a la reunión de su vida. Aún le pasaban factura todas las horas que pasó subido a caballo para intentar salvarla. Las lágrimas aún le resbalaban por las mejillas hasta acabar goteando en el suelo. No pudo llegar a tiempo ni despedirse de ella. A mitad del camino le golpearon dejándole inconsciente y cuando había vuelto a despertar estaba tendido en el parque del retiro en mitad de la noche, la cabeza y el cuello le martilleaba y cuando se llevo la mano a la nuca y se la miro estaba manchado de sangre. Desde entonces no había vuelto a ser el mismo.
La camarera le volvió a llamar para captar su atención. Le preguntaba si iba a tomar algo más.
- Ron, por favor.
Levaba 4 años atormentándose por no haber podido salvavarla. Desde que había vuelto, cuando comía era como masticar carbón y ceniza. Solo la bebida y la sensación de fuego bajando por su garganta y las horas póstumas de la inconsciencia le calmaban el vacío estancado en la boca del estómago.
La camarera volvió a los pocos minutos con una botella de Zacapa 23.
Todo parecía un sueño. Pero se sentía fuera de lugar. Cuando le preguntaban por ésos años que pasó desaparecido sólo se encogía de hombros. A quien le podía contar la verdad? Nadie le creería. Si ni el mismo llegaba a todavía a comprender qué había sucedido, sólo las cicatrices que recorrían su cuerpo eran testigos de su viaje.
Le encontraban cambiado, con la vista pérdida. Poco a poco se había ido alejando de la gente que le quería. No podía olvidar los nombres de sus compañeros caídos. La mayoría de ellos no recibieron un entierro, abandonados tras una batalla o escaramuza. Pero la pérdida que más le dolía era la de Selenne.
Se llevó el vaso a los labios y se bebió el líquido ámbar de un trago, pagó y levantándose se marchó del restaurante.
Caminaba sólo, en mitad de la noche, los coches pasaban a cuentagotas por la carretera, el viento frío le hizo subirse las solapas de la cazadora y subirse la cremallera aún más.
Lo acababa de decidir, volvería a Agnials. Ya no le quedaba nada aquí, buscaría la manera de volver. Repetiría lo que hizo la última vez pero, eso era lo peor de todo, no se acordaba lo que había echó aquella noche. Bebió mucho... Y nada, no había nada más en su cabeza, solo un dolor sordo cada vez que intentaba pensar en los sucedido. El dolor desaparecía si saltaba toda el borrón y oscuridad de sus recuerdos entre la primera copa y cuando se despertó en mitad de El Bosque Viejo.
Siguió andando pausadamente y dobló a la derecha la esquina, y corrió hasta la la siguiente calle y nada más girar de nuevo a la derecha se paro, pegándose a la pared y agachándose miró por el borde, con la cabeza rozando el suelo, nadie. Se puso en pié y con la espalda apoyada en el muro, aguardó en silencio contando mentalmente los segundos y con el oído preparado para captar cada sonido. Siguió aguardando y, ahí estaban, de fondo, unos pasos aligerados de una persona corriendo. De golpe se pararon a cincuenta metros, más o menos a la altura de la anterior intersección.
La tensión en el aire de la noche se podía cortar. Se oyó el ruido de un transistor y una persona contestando, y los paso se empezaron a alejar.
El continuó todavía una hora más sin moverse, atento a cualquier ruido pero, sólo se oía algún coche pasando una dos calles más abajo. Calándose el sombrero comenzó a andar directo al hotel donde se alojaba.
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