El humo del cigarrillo, apoyado en el cenicero, dibuja remolinos en la habitación. Una tos rompe el silencio del cuarto. El sonido de la pluma rasgando el papel. Las gotas de la lluvia golpeando el cristal. El vaho blanco de una respiración al calentarse unas manos. Unas manos entumecidas se abren y se cierran para no perder movilidad. Una mente que lucha por convertir una página en blanco en una historia, un sentimiento. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas de la playa y el silbido del viento.
El humo de un cigarro que se consume olvidado en el cenicero de esa ventana. El sonido de un televisor encendido. Un trino de un pájaro que saluda al día que nace y marca el final de el dominio de la luna con el inicio de el dominio del Sol. Arranca el día sin que se percate. El rasgueo de la pluma queda silenciado por el de los coches.
Ojeras en los ojos, un cigarro, una cerveza, la luz del Sol colándose por la ventana. Una cerveza, papeles retorcidos y torturados bañan el suelo alrededor de la papelera, testigos de lanzamientos despreocupados y fallidos, ideas descartadas y olvidadas tatuadas en los folios. Una cerveza, un cigarrillo. Una mente bloqueada...
El humo de un cigarrillo, los primeros brotes despuntan con timidez en las ramas de un árbol que asoma por la ventana, mecido por la brisa, inauguran la primavera. Una respiración profunda y regular, una mano que cuelga por el lateral de una silla, una barbilla pegada al pecho, una mano apoyada sobre la mesa, sobre una pluma y un folio.
Esta es la historia del humo de un cigarrillo.
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